La relevancia de la templanza deviene de que esta virtud centra y por tanto ubica los pensamientos del virtuoso en la imparcialidad, con lo que el hombre de temple tiende también a ser justo y prudente, pues sus actos son siempre proporcionados y acordes con la circunstancia, y este hecho consecuentemente, se traduce en fortaleza moral, en el hombre que la posee. Así la templanza es una virtud, que al igual que las otras, no actúa por sí sola, sino que muy por el contrario estimula y promueve la práctica de las otras tres virtudes cardinales. No en balde, el hombre común propone instintivamente la calma ante la circunstancia adversa, misma que le da la oportunidad de evaluar para tomar la decisión más conveniente, con lo cual, la calma se constituye en el primer paso para alcanzar la templanza.
De lo dicho anteriormente, surge la cuestión de ¿Qué hay que calmar? y la respuesta aparece con claridad ante nosotros, cuando observamos como las diferentes culturas, por diversos métodos tratan de calmar el espíritu, mediante la meditación, entre otros ejercicios; al igual que la sed de conocimiento, ya que el enemigo primordial de la calma es, justamente la ansiedad y la duda. Quien está ansioso por alcanzar la meta, no puede estar calmado, al igual que quien duda, no tiene posibilidad de estar en calma, pues su mente está en una constante pregunta que no tiene respuesta.
El hombre común que desea alcanzar el estado virtuoso, tiene en la templanza una vía que adicionalmente le ayuda a practicar las otras virtudes cardinales y la manera que encuentra para alcanzar la templanza, no es otra que la práctica de la calma; instruyéndose en profundidad y combatiendo la ansiedad, para que la duda desaparezca de su ser, pudiendo así ubicarse firme y seguro en el equilibrio, centrando su accionar cotidiano.